Uno de los motivos por los que casi todas las mañanas acabo saliendo de casa tarde, mirando el reloj y corriendo, es el tiempo que invierto en decidir qué ropa me pongo.
O repito las mismas combinaciones básicas con las que me siento cómoda – pero que de tan familiares se me hacen tediosas y aburridas- o empieza el calvario.
En unos instantes mi universo cambia: el armario se me va haciendo grande, grande y el tiempo pequeño, pequeño. Cuánto más prisa tengo, más nerviosa me pongo y menos atino. Y aquí me tenéis como una tierna adolescente ante su armario: vacilante, acelerada y angustiada.
Y una se ve a sí misma estúpida e insensata… ¿Cómo es posible que una tontería así me produzca tanto malestar? Y sobretodo,
¿Qué hago perdiendo el tiempo en estooooo?
Ya sé que una de las soluciones más lógicas y razonables sería ocuparme de estos temas por la noche, pero la verdad es que cuando acabo todas mis tareas me encuentro cansada y no me apetece. Prefiero dedicar el ratito que me queda antes de acostarme a acurrucarme en el sofá o a otros menesteres más reconfortantes.
Y claro, llega la mañana y… ¡otra vez empieza lo mismo!
¿Qué puedo hacer para evitar otra mañana estilo “día de la marmota”? (*)
En un próximo post os lanzo ideas que me funcionan.
(*) De la película “Atrapado en el tiempo”
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Yo lo sé!
Tienes que tener mucha ropa y además de bastante calidad, al igual que suficientes zapatos.
Así se suelen eliminar bastantes problemas del qué me pongo.
Lo tengo comprobado.